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cosas raras ✨

☂ ⛈︎ TORMENTA ⛈︎ ☂

04 de agosto, 2026

I

Hace tiempo que no veía un rojo tan feo, hasta tu sangre es fea, Maraca.

Son las primeras palabras que escucho de la Perra Hueona cuando abro los ojos.

La sangre de mi nariz rota saborea mis labios, y mis labios la saborean.

Ahí me doy cuenta, tengo que devolver el golpe, pero peor!

¡Y tu mamá!

La Perra Hueona Nikki me patea en la guata y me quedo sin aire.

¿Y quién necesita a ese tal aire?

¿Y quién necesita a ese tal Pico?

Yo no, ya gané.

Su auto negro Subaru del modelo me importa una callampa, está grafiteado en rosado neón, con penes perfectamente dibujados, adornando las puertas, el capó, el maletero. Hecho con un estilo realista, con venas y perspectivas húmedas, que recorren el auto como un mural hecho por una artista que perdió la cabeza, pero no el talento.

Las ventanas rotas, las ruedas pinchadas, la maloliente caca evidentemente humana colorean los asientos.

Siento un dolor digno de respuesta.

Cuando recupere el aire, ya verá, verá que la dejaré sin poder chupar Pico.

¡Era mi Pico, Nikki Perra Hueona! Grité con sangre en el ojo.

Me pega otra patada en la guata. Tenía fuerza la Perra Hueona Nikki.

Creo que nadie me va a ayudar.

Solo miran o graban.

Esperar a que alguien me ayude es tonto.

Es traicionarme a mí misma.

Que no es tan terrible como que otro te traicione.

Como que Pico me traicione.

Aquí siempre llueve, las calles empapadas me ensucian los pantalones y mis zapatos dejan un rastro de barro urbano.

Pero soy yo la que llueve.

Así que mi corona de tonta está seca, y mi rostro está deformado por la tormenta.

II

¿Dónde estás?

Miro por mi ventana y no estás, no puedo bajar a buscarte sabiendo que no estás. Debo demostrar el perro femenino en celo constante que soy.

Espero detrás de la puerta con los ojos lluviosos.

Miro por la ventana de la micro,

y no estás.

No estás como siempre solías estar, esperándome.

Aunque yo lloviera y dejara inundada la ciudad,

siempre llevabas contigo un paraguas con tonos de indiferencia.

Porque sabías que iba a llover.

Clásico de mi.

Clásico de nuestra relación.

Y no estás, no hay carteles y rosas buscándome. No estás cantando bajo mi departamento,

¡Y de rodillas te pido mujer!

Que si alguna vez, sentiste algo lindo por mi

¡Perdóname! ¡Perdóname!

Por desgracia nunca supiste cantar, menos reggaeton.

Solo hay una carita empapada en reflejo de ventana donde hay oscuro vacío.

¿De qué sirven estas ventanas si no veo lo que quiero ver?

Es invierno y no paro de llover.

Así es la traición, primero me deja mojada con lluvia tóxica.

Después la lluvia hierve y las tóxicas toxinas se quedan.

La lluvia se evapora, quedo tóxica.

Intoxicada me quema, me quema y me quema.

Los recuerdos que me hicieron llover golpean las ventanas.

Y luego me golpean a mí

Y yo le quiero sacar la chucha a alguien.

III

Cansada de besar el pavimento a causa de las patadas desgraciadas de la desgraciada Nikki, me levanto.

Pero mi As bajo la manga está roto, mal oliente. Unas yemas verdes y claras oscuras de huevo chorrean mis bolsillos.

Pensé que sería buena idea.

Pero pensar no es mi fuerte en estos momentos.

Ahora logro manterme de pie, tambaleante. Chorreante.

Chorreante de sangre y de lo que solían ser huevos podridos.

Solo me quedan mis puños.

Le lanzo mi mirada de lo que ella me llamó, de Maraca,

y le tiro un escupo que no alcanza y cae en mis zapatillas.

Cae lento y rojo.

Pero a la Perra Hueona Nikki no parece importarle,

Parece aparecer arrepentimiento.

Empieza a aparecer lluvia,

Pero no es la mía.

Porque la mía es color traición,

La suya es color Hueona.

La Perra Nikki ahora está arrodillada, arrodillada y lloviendo.

Pero yo sé cómo caminar bajo la lluvia, o mejor dicho, de cómo hervir la tormenta.

Perra Hueona, te voy a matar.

Sus ojos lucen como mis ventanas, reflejo de ventana donde hay oscuro vacío.

Sus labios llenos de palabras que me van a escupir más lejos de lo que pude yo, esta vez sin sangre.

Perdón por lo que hice…

Lo que hicimos.

Lo que te hicimos el Pico y yo.

Perdón Maraca.

Su escupo palabriento tuvo más alcance que el mío.

Porque el suyo alcanzó mi ojo izquierdo, y comencé a garugar.

Mi tambaleado tambaleante cuerpo con un poco de chubascos estaba listo para callar su hocico.

Aprovechando que está arrodillada, le pego una patada en la mandíbula.

Patada para que tenga una razón para llover.

IV

Pero era mentira que gané. Solo las ventanas saben cuánto el tonto Pico me hizo llorar.

Pero ahora está con ella, y también en su auto rayado en rosado flúor.

Pero no literal, el Pico está en cama, con la mandíbula desviada, con los huevos podridos y un escupo palabriento, sangriento por mi visita de anoche.

Pero de eso no se habla, no es necesario.

Al chileno le gusta el pico y el chiste corto,

como su pico.

Ojalá me sirviese el paraguas, porque ahora me ahogaré en el mar de lluvia con sabor a sangre de nariz.

Mientras ellos tienen su paraguas de indiferencias a la lluvia.

Pero como los dejé, con las mandíbulas dislocadas, chuecas, deformadas. No habrán más escupos de palabras, disculpas aweonadas.

Solo habrá Pico con huevos rotos y podridos, Perra Hueona con lluvia de cocodrilo. Mandíbulas vengadas.

Y una tormenta apagada.

👠 ROJO 👠 Cuento de 2023

23 de julio, 2026

Lo primero que veo, o, mejor dicho, lo primero que recuerdo son mis manos revisando lo que parece mi billetera.

Hace frío, veo que tengo caleta de plata y pienso “con esto andaré bien” pero no sé qué hago afuera de un McDonald de noche. Busco mi teléfono para ver la hora, pero no tengo uno, solo una mochila negra y roñosa y un abrigo encima. Se vuelve evidente lo tarde o temprano que es, la no luz en el cielo lo vuelve relativo. Antes de poder revisar la mochila penosa, se me acerca un guardia a hablarme un poco preocupado, pero pasa algo raro, me lo dice en limpio y puro inglés, bueno, gringo. Recuerdo la plata, eran dólares, pero si no, ¿qué pensé que eran?

No tengo ni idea donde estoy, y no tengo idea donde ir.

Mi cuerpo anda lento, mejor ir al baño antes de que cierren. El guardia mira el cielo con desaprobación.

Adentro está vacío, solo hay un empleado cajero-cocinero, que todavía le quedan unos minutos antes de cerrar caja. Al entrar al baño, como un golpe karateka en la guata, llegan unas nauseas, es hora de vomitar. No alcanzo a cerrar la puerta y una explosión verde inunda el baño. No me da para descifrar que era eso, solo me miro mis uñas rojas, masticadas, ¿están como algo cortas o no?

es que están masticadas, pava.

que rara voz suena en un lugar donde estoy sola con mi vómito.

La piel se me eriza, ojalá la voz no vuelva muy a menudo.

Y estas converse rojas están bastante carreteadas, y les entra el frío hasta por la suela, unas manchas verdes adornan la punta de la zapatilla.

Voy al lavamanos, ese horrible olor a jabón lo recuerdo,

color rojo y un olor insoportable.

Aún así, me lavo las manos y la cara que esta sudada y aceitosa, con toques verdosos.

Cuando me miro al espejo me descubro.

Y lo primero que me llama la atención es mi cortito pelo corto, como la de los Cranberries,

¿cómo mi mamá?

No entiendo lo que pienso, el poco maquillaje que rodea mis ojos y labios, rojos color maraca, como diría mi abuela. Está todo corrido por lavarme la cara con el asqueroso jabón rojo McDonald.

Cara flaca y pálida. Con abundantes piercings: labio, nariz, entre las cejas, y unos pares de argollas que rodean mis rojas orejas por el frío. Del cuello brotan tatuajes que me cubren hasta donde alcanzo a ver, la curiosidad no es suficiente para sacarme el abrigo y ver que tonteras más conviven en mi piel.

Ya no recordaba nada y así menos me reconozco…

Quizás alguien si…

se me eriza la piel,

sería buena idea comer algo.

Obvio, tonta.

La voz quiere más protagonismo.

Ojeras me miran con un vacío indescriptible.

¿lo mismo de siempre? Dice el gringo ojeroso.

En un inglés atolondrado y poco modulado, respondo.

Una Tasty doble.

Ni idea lo que tenía, pero ya no me quería cuestionar más cosas, menos por qué pedí eso.

Menos por qué el reflejo que vi en el baño no lo reconozco ni porsiacaso.

Voy a una mesita afuera con mi pedido mientras terminan de cerrar…estas necesidades no me dejan pensar.

Mastico y mi mandíbula esta dura, pero más dura es la vida, pero más dura es la verga, pero la hamburguesa la calma de a poco.

Sin previo aviso, unos tacones se escuchan a la lejanía,

con decisión, suenan a tacones rojos.

Pero antes de sentirlos cerca, los tacones rojos se sientan al lado mío.

Con Tasty doble en la boca, veo una mujer hermosa, parecía de mi edad, pero ¿cuál era tal? Su pelo era largo, se notaba por el gran tomate que parecía estar a punto de desarmarse. Un tomate y mechones negros saltaban de su cabeza como patas de araña gigante, estaba vestida elegante, un vestido negro ajustado con tiritas, mantenía su cuerpo casi desnudo. Cuando termino de tragar la Tasty doble, noto su mirada,

llena de furia hacia la mía,

parecía que se comunicaba por telepatía, pero la transmisión estaba siendo interferida,

una música sonaba, pero no sabía de dónde, como un eco mental.

La transmisión sintoniza ▶Love me tender ,me causa un poco de gracia y me río un poco.

Ella escurre unas gruesas lágrimas que brillan por la luz neón del McDonald.

Se levanta rápido y los tacones revientan contra el asfalto.

Mi pecho se hunde, se hunde, se hunde.

Ni me di cuenta, estoy corriendo detrás de ella. Pero mi cuerpo anda lento,

Estas drogada, pero no te diré con qué.

Si no va a colaborar vamos a ignorarla.

Un estacionamiento absurdamente gigante para solo un local. Quedaban solo 2 autos.

Ella va directo a uno de color rojo, bastante familiar, que me revuelve la Tasty doble al mirarlo.

Ella está tan desabrigada para el frío que hace, quiero darle mi chaqueta, porque de seguro ya tiene mi corazón.

No sabía cómo llamarla, que decir, ni quién era.

Cuando estoy por gritar su nombre, pestañeo y estoy dentro de un auto,

lleno de colillas en lugares inimaginables, con manchas espesas, otras secas, otras más oscuras, parecía más un psiquiátrico abandonado que un auto. Seguro las ratas hacen raves mientras no hay nadie. El auto rojo se va, el que parece ser mi auto pastabasero arranca y la sigue.

Quién sabe dónde,

quién sabe por qué.

¿Quién sabe quién soy?

Como arte de magia un pucho me acompaña entrelazado entre mis dedos. No logro distinguir la marca, pero se siente como una lija en la garganta.

Mientras manejo siguiendo el auto rojo, observo el cigarro.

En mi dedo anular,

con uñas rojas y masticadas, un tatuaje narra...

¿Ese es su nombre?

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